jueves, 5 de febrero de 2009

Sarna


Los ácaros encontraron la forma idónea de penetrar en mi piel. Disfrazados de caricias y abrazos, no tuve ojos para distinguirlos y mi debilidad no puso esfuerzo alguno en detenerlos.

Poco a poco fueron invadiendo la dermis, aprovechando cada poro y anidando en cada folículo que devoraban, como diminutas bestias que escapan a la percepción de la escala humana. Excavaron grutas y vías subterráneas, catacumbas; sistemas de bóvedas y arquerías de una perfección sólo conocida en Roma. Sin oponerme, hicieron de mí un panteón y un coliseo; una superposición de polis que dejaban a la vista la retícula hipodámica que llegaba a mi esqueleto.

Acabaron con el corazón y los pulmones. Sin aire y sin latir, perdí el espíritu. Pronto me vi en la literalidad de no tener agallas para enfrentarme a ello. Pero los observaba. Quieto.

Dejé pasar los meses y ya apenas quedaba tejido; algunos resquicios adheridos a un cúmulo de huesos ligados por tendones roídos y bañados por venas y nervios carcomidos. Perdí la vista al exterior y sólo me quedaron oídos para mi propia voz. Perdí el interés por las personas mientras me limitaba a contemplar mi deterioro sin intención de ponerle freno.

Momificado y entregado a la autocompasión como si de una religión se tratara me miré al espejo y pude ver cómo mi piel lucía perfecta, igual que el primer día, sin manchas ni surcos; sin cartílagos rasgados y con ambos cristalinos intactos; con todo lujo de cejas y pestañas en la cara.

Mi piel está limpia, sin rastro de ácaros ni huella de estos a su paso. Se que no es animal lo que me ataca y por primera vez concibo el miedo como al ser más pequeño e imperceptible. Mi piel sigue limpia, aunque rezume miedo cada poro.

Es ahora el momento de pedir ayuda a los que saben. Son humanistas y curan. Terminan con todo dique o presa que encuentran a su paso. Hacen fluir lo constreñido por los hombres en lo hondo.

Con sólo mencionarles ya me siento mejor.



Dibujo. "More Mika and less Obama"
Cartagena 27-01-2009

sábado, 17 de enero de 2009

Distantes y fugaces






Adoro los viajes.
Adoro los viajes en cajas.

[En cajas calientes que conectan dos puntos distantes]

Somos seres calientes.
Pequeñas bolsas de plasma

[que al infrarrojo revelan un secreto bien escondido]

Somos fluidos de vasos y venas

[que en el sonido distinguen un "tic-tac" que les riega]

Somos seres calientes.
Que se calientan,

[que ingieren y filtran sustancias que queman]

Viajamos en cajas.

[En cajas calientes]


[...]


Las cajas
tienen vaho.
El vaho es calor.
Somos calor.

[Somos vaho]

Damos calor al otro.
El otro nos da calor.
Los besos son calor.

[Nos besamos]

El vaho es calor.
Los besos son vaho.

Las cajas calientes
viajan repletas de vaho.

No lo recibes,
pero sin duda lo buscas.

Las cajas calientes viajan
repletas de besos que buscan besos.

Fuera no hay calor
tampoco hay vaho
ni besos.

Yo no quiero estar fuera.

Por eso viajo en una caja
que está caliente
y tiene vaho;

[que busca besos]

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Re-set







"Yo soy, yo conozco, yo quiero. Soy en cuanto sé y quiero; sé que soy y quiero; quiero ser y saber"


"Confesiones"
San Agustin


No hay mejor forma de empezar que mirar firmemente a los ojos con los ojos. Ni mayor conexión que tan rápidamente pueda hacerte saber qué busca en ti el otro. 
No precisamos de indentidades cuando hay ojos que ven y miran y miradas que hablan por si solas.
Es instintivo, nada racional y todo humano.


Ojitos de Rocío


lunes, 8 de diciembre de 2008

Lo que nunca te contaron





Para describirla voy a necesitar a algo más que palabras porque describir a alguien tan complejo y sencillo a un tiempo lo requiere. Seguramente lograríamos entender cómo es, a mi forma de ver, mediante un fragmento que ni si quiera la mencione. Algo así como hablar del contenido sin hacer referencia al contenedor; porque si de algo estoy seguro es que estamos hablando de un enorme contenedor de cosas, de infinidad de ellas. Y cuánto me gusta que sea así.


______


Aquel día en que Astrud Gilberto se levantó en la mañana, se dirigió primero a tomar una ducha tranquila; le gustaba tomarse con calma el despertar. Tras el desayuno, no lo puede evitar y cae un vasito de refresco de cola sin azúcar. Ya en el escritorio lee su correo. Buenas noticias. Su amigo el señor Drexler  está preparando un nuevo trabajo. Jorge canta y escribe entre otras cosas. se conocieron hace años cuando ambos tomaban clases de canto de unos mismos profesores. 

Astrud tenía buenos amigos, no en exceso, pero amigos reales. Se reunía con ellos cada viernes. Nunca tenían un sitio fijo ni un propósito estable. Incluso en ocasiones no quedaban los viernes porque casi ningún viernes parecía viernes por motivos de trabajo. De esta forma quedaban cuando podían bajo la condición de llamar viernes al día en que se reunían para cargarlo con todas las connotaciones positivas que implica ese nombre.

Unos días en el sushi bar, otros en un café o incluso en la azotea de algún hotel de la capital. La última vez que estuvieron juntos llevaron a cabo su particular ruta por las salas de exposiciones de arte de la ciudad. Les gustaba estar al tanto de lo que se movía en las mentes de otros que, como ellos, hacían de su vida un proceso de investigación y creación.

Siempre tenían proyectos extralaborales en mente, pero la escasez de tiempo les dificultaba su puesta en marcha. De alguna forma todos sabían que llegaría el momento para ello. Estaban siendo meses intensos de trabajo. La más joven de ellos era Lourdes aunque todos la llamaban Russian. La pobre había tenido noches enteras de pesadillas que nada tenían que ver con la dulzura y la delicadeza que la caracterizaban. 

Con sangre y sexo -dijo- sexo del duro.

Le aterrorizaba más la idea de soñar con ese género que el sueño en si. La miraban algo sorprendidos, quizá preguntándose el origen de su rareza, pero es que nadie en esas reuniones era normal en términos convencionales. Russian tenía predilección por los libros; los devoraba. Además coleccionaba series de fotos que encontraba. La que más polémica suscitó fue la de peluches asesinos, en concreto una foto de unos conejitos con sangre en la boca. Muy divertida.

Los hermanos Hidrogenesse, eran los menos cuerdos de todos. Siempre pedían lo mismo: café solo, en verano con hielo, y siempre cargadito; la cafeína les daba la vida, al igual que los chicles de menta tras el almuerzo. Quizá fueran la nota neurótica y algo bipolar de todos ellos, pero eran imprescindibles en sus reuniones. Nada les divertía tanto como dejar volar su imaginación, especialmente los días de agotamiento mental, donde no había trabas para su lengua e ingenio.

Todos echaban de menos a Facto, que ya no residía en la capital, aunque mantenían el contacto gracias a Kahlo, quien no dejaba de actualizarles en el panorama musical.

Sin duda eran un grupo de amigos peculiar. Todos distintos pero de alguna forma compatibles. Como los elementos de un único aparato al que dan vida cuando están ensamblados. Nunca eran un número fijo, ni si quiera limitado ya que iban sumándose conforme se conocían. Y todos encajaban; todos atravesaban el mismo tamiz hasta llegar al mismo punto de filtrado. Así sabían que estaban hechos los unos para los otros, por lo que estar juntos debía ser maravilloso y no dejarían de reunirse.


Aquella tarde de febrero era un viernes de los que no lo parecían, por lo que no se habían reunido en torno a ningún café. Ni si quiera lo tenían previsto y, sin embargo, todos iban llegando poco a poco a la misma habitación del hospital. Se respiraba una atmósfera cálida y anestesiada; la que sucede a un intenso dolor. Al fondo, dos antiguos amigos a los que hacía tiempo que no veían. Algo en sus vidas cambió meses atrás. Los recién llegados advirtieron que ya no vestían igual. Su indumentaria hippie tardía y su aire rockero despreocupado estaba lejos de ser como era.

La mujer acunaba a su niña, recién nacida, en su regazo. El padre, perdía la vista en la fragilidad infinita que impregnaba a la criaturita. Astrud, Jorge y Russian le acompañaban. Hacía mucho que no se veían pues el embarazo había cambiado sus planes de vida por completo. Tuvieron que dejar atrás mucho de lo que hacían, incluidas esas reuniones; sabían que tener a Laura les exigiría cierta estabilidad. Cambiaron las raves y las telas de estampados coloridos por un hogar y un empleo estable. 

El padre les presentó a su nuevo tesoro. Pasados unos instantes se hizo un silencio que los hermanos Hidrogenesse rompieron al llegar. Tan pronto como entraron, sometieron su locura a la concentración y silencio de la habitación, que dejaba ver las arrugas de la piel, todavía violácea, de la pequeña, bajo una luz atenuada.

Pasarón largos minutos de silencio y observación. Todos miraban incrédulos aquel diminuto ser arropado por un pijama rosa palo y gris. Ella dormía apenas sin moverse, dueña de una quietud que sólo tiene quien acaba de nacer, aunque a ella le acompañaría toda la vida.





Lo que hasta ahora vivimos juntos... -dijo el padre

Tendrá que quedar entre nosotros - añadió en un susurro la madre, tratando de no despertar a la criatura.
Al menos hasta que crezca - terminó.

Todos asintieron conscientes de que aquel momento era una celebración y una despedida, por un tiempo. No había disgusto ni reproche alguno porque sabían que el viento cambiante de sus vidas no era lugar para un neonato. Así, asumieron con plena madurez lo que debía ser así y no de otra forma.

Poco a poco se fueron marchando. Los hermanos Hidrogenesse lo hicieron primero, seguidos de Russian y, más tarde de Jorge, quien se ofreció a acompañar a Astrud a casa. Ella decicidió quedarse un poco más. Luego, besó a Laura en su diminuta mano y compartió una última mirada de afecto con sus padres antes de marcharse.

Sin duda sabía que tendrían que esperar.



Fotografía de Anne Geddes



jueves, 6 de noviembre de 2008

I am






Lo confieso. Soy un adicto.

Y lo peor de todo es que esto no ocurre desde hace poco, sino que me ha acompañado toda mi vida, o al menos desde que yo recuerdo.

Al principio, y conforme fui creciendo, pensaba que solo eran cosas de niños, que son más endebles, menos hombres. Y por contra de lo duros y robustos que puedan parecer los hombres, seguramente también sean capaces de sentir con esa ternura semirrígida y heterosexual que les envuelve.

Puede que parte de la culpa la tenga Disney, o eso es lo que pienso cuando le busco algo de lógica a todo esto. Tanto color, tanto sentimiento y todo tan animado entra fácil por las pupilas de cualquier imberbe; y cala hondo, claramente. Sin embargo, Disney ha compartido la infancia de tantos otros que no sufren lo que yo porque no están enganchados.

Y es que siento un mono tan fuerte a veces que me podría comparar con un heroinómano. Y me sigo preguntando por qué yo; por qué a mi. De alguna manera sentir es algo que nos ocurre a todos, aunque no sepamos a ciencia cierta la magnitud o tipología de los sentimientos ajenos; al igual que ignoramos la percepción del mundo en ojos de otros.

Soy adicto a sentir, a besar, a abrazar y a que me abracen. Me reconozco débil y blando; y duro y fuerte en otras cosas. Aparento seriedad para esconder mis miedos y finjo seguridad y autoconfianza para ocultar mi timidez en público.

Soy dependiente; de los que no les importa abrazar pero prefieren que les abracen; de los que, como todos, desayuna cereales cada mañana y si los hay, los prefiere de chocolate. Soy de los que, pasado un mes, echan de menos a su madre aunque se lo callen.

De los que a veces se saturan y gritan tapándose la boca con la almohada o se desahogan entre
risas y lágrimas con alguien cercano, terminando en ese estado de embriaguez abstemia que tan cansado me deja.

Soy uno de esos que encuentra en el chocolate y el helado un consuelo fácil, pero siempre acompañado. De los que lo dan todo si creen que algo merece la pena. De las heroínas de los comics que luego se despiertan y vuelven al mundo real.

Soy de esos que de vez en cuando piensa en quién es y adonde va, pero sabe de dónde viene. Soy tan débil y tan frágil, tan fuerte y resistente como humano. Soy honesto, en parte, o al menos lo intento ser conmigo mismo. Soy de los que dicen ser débiles para luego demostrarse que no lo eran tanto.

A veces pienso que el mundo está dividido. Que somos polares y adictos. Dependientes. Que los hay que dependen de otros y también los hay que dependen de que dependan de ellos. Ambos extremos tan carentes el uno como el otro. Tan necesarios y necesitados.

De alguna forma al nacer, al crecer, algo nos determina. Como si alguien nos esperara con un hierro candente para marcarnos. Y la cicatriz está ahí. Cuando estremeces, cuando te erizas de frío, cuando te pierdes en el calor del otro. Sólo tienes que acariciarte la nuca para que el escalofrío te recuerde qué eres.

En mi caso, se que todo esto viene de atrás, de mis carencias. Lo se, lo afirmo y lo asumo. Porque sólo así se vive bien con uno mismo.

Y me desnudo sistemáticamente aquí, sin motivo o causa aparente; quizá para mostrar que no hay porqué ser fuertes y todopoderosos, sino humanos. Con toda la belleza de la imperfección que nos caracteriza.





Imagen. Portada del proyecto "Silva Silvae"
En colaboración con Álvaro Borrajo y Laura Migueláñez. (¡Qué grandes sois!)
Madrid 20.10.08