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sábado, 14 de marzo de 2009

Inmersión IV





Han pasado tres años y me encuentro justo ahora en la habitación del colegio mayor en la que vivo; sentado a la mesa, con el portátil alejado de mi y sin otro ruido que el que escapa del bolígrafo a su viajar por el papel y algún otro que se adentra del pasillo a mi espacio bajo la puerta. Es un momento único que quedará aquí; al igual que el tiempo que emplees leyendo frente a la pantalla.

No hay mejor día que hoy para acabar con esta historia, que no acaba en tanto que respiro, y soy consciente de ello. Tuvimos todo lo intenso de una relación tormentosa, todo lo que arrastra el río y acumula en su cauce formando pequeños tamices que serían más tarde diques y presas. Todo lo que satura las arterias y constriñe su fluir.

Terminé flotando cara al fondo, y con el cuerpo plegado en una curva que descendía desde los pulmones al ultimo punto de cada dedo de mis pies y manos, próximo al rigor mortis al que llega todo cadaver tras unas horas. Me recogieron a las orillas de un mar entre Granada y mi casa para practicarme una reanimación lenta, pausada e intensa. Al ritmo similar del tejer de una manta de lana en invierno.

Lo que juntos vivimos sabemos que no cambiará, como no cambian en años las grandes montañas. Eres un hito en la orografía de mi vida. Formas parte de amorypepinillos. Formas parte de mi. Volver atrás es ficción como la ficción de recordar selectivamente sólo los buenos momentos. Soñar es gratis y dijo un maestro que "los sueños, sueños son".

Vivo en Madrid desde hace un año y medio. Tuve un primer año productivo ajetreado y tormentoso, que, sin dudarlo, ha marcado definitivamente a este segundo. Estudio arquitectura y a día de hoy creo tener algunas cosas más claras de lo que esperaba. Te aparté de mi vida porque supe que nada cambiaría, como no cambian en años las grandes montañas. Llevo tanto tiempo desconcertado y asustado que me es extraño que se disipe por un segundo algo de niebla.

Hoy, se que respiro y soy feliz.

¿Tú qué sabes hoy?





Fotografía. "Arenal"
Elena Ortiz

martes, 16 de septiembre de 2008

Inmersión III




Cuando hablo de pepinillos, suelo clasificarlos; los hay de una noche, de biblioteca, compañeros de clase... y así, infinitud de tipos. Pero hasta ahora, he hablado del amor como algo único e indivisible. Y es porque lo creo así.

El amor más puro es uno.

Todos hemos oído aquello de la energía; que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Yo personalmente creo que ocurre algo similar con el amor. Y puede que el amor sea en si energía. Por eso hablar de distintos tipos de amor para mi es hablar en realidad de la misma cosa.

Lo que cambia es la forma de amar.

Se que hay gente que sostiene que sólo se ama una vez, o bien, que una vez que amas, si amas de verdad, ese amor dura para siempre.

Afortunadamente huyo de esos tópicos enfermizos y la terapia Gestalt ha hecho de mi una persona más sensata; sobre todo, más sana. Pero algo de verdad hay en eso que dicen. Y es que los sentimientos, sentimientos son. Y aunque queramos que desaparezcan, ocupan un lugar casi físico en nosotros y hemos de procurar aprender a vivir con ello. Más adelante comprenderéis por qué digo esto.

Me situaba en los albores de la inmersión, cuando aún confíaba en que la distancia a la superficie era menor que el oxígeno del que disponía. Ahora se que para mi en aquel momento era imposible prever lo que ocurriría.

Mi chico granadino era de los que sostenía esos tópicos enfermizos y los tomaba por bandera. Yo, que a mis diecisiete parecía sacado de un capítulo de "Amar en tiempos revueltos", me dejé llevar. No había nada que encajara mejor que nosotros. Tornillo y tuerca. Polos opuestos.

No se si es oportuno hablar aquí de cómo eramos uno u otro. Desde luego mi intención está lejos de querer ofender a nadie.

Este chico era un derroche de cariño y amor; no por ir besuqueando día y noche a todo el que pasara, sino por esa actitud suya de no necesitar cariño porque ya había recibido todo el del mundo.

Yo, en cambio, era un saquito roto. Era maravilloso que me diera exactamente lo que necesitaba incluso sin saber que lo necesitba. Él era el remedio ideal.

Entretanto, la decisión ya estaba tomada. Ya estaba planificando nuevas escapadas a Granada, viendo el calendario de días festivos. Eran los últimos días de verano y me esperaba todo segundo curso de bachiller por delante. El futuro, mi futuro, en mis manos; y una relación que sacar adelante. Suena a telenovela pero, ¡qué culpa tengo yo!

Aquello que había encontrado por casualidad, sin duda había sido un hallazgo importante. La excepción que confirma la norma: "de internet no puede salir nada bueno". La red es un lugar donde encontrar personas con afinidades similares y opuestas a las tuyas. Tiene la particularidad de ser un lugar virtual, con todo lo que ello conlleva. Aun así, puedo aseguraros que quien busca algo o a alguien en la red acaba por tener muy presente esa premisa.

Si os digo la verdad, no recuerdo mi segundo viaje a Granada porque al primero le sucedieron tantos otros que me es difícil distinguir entre ellos. Fueron seis meses de lo más ajetreados. Siempre que pienso en cómo lo llevé a cabo, una sensación sobrecogedora se apodera de mi y me susurra bajito: "¡qué bien lo hiciste!".

Y es que si hay algo de lo que no me avergüence estar orgulloso es de cómo saqué adelante este año de mi vida. No pude escatimar en empeño ni en implicación personal. Utilicé toneladas de fuerza de voluntad y muchas, puede que decenas, de artimañas y mentiras que no hacían mal a nadie, pero me facilitaban la vida y mi relación al doscientos por cien.

Esto último no es algo de lo que esté orgulloso, pero tampoco me siento culpable; actué conforme a la situación. Puede que si mi edad y mi entorno hubieran sido distintos, hubiera tomado el toro por los cuernos en lugar de esconderme tras la capota y rezar para no ser descubierto.

Reconozco que mis padres no conocían del todo a su hijo; también es cierto que yo estaba cambiando a paso de gigante. Sólo había un pequeño desfase temporal entre nosotros. Pero seguir siendo el pequeño de la casa, era mi mejor baza de juego.


Visitaba Granada prácticamente un fin de semana de cada dos. Cada viaje implicaba cinco horas de ida y cinco de vuelta. Aunque el autobús no sea el lugar idóneo para estudiar, si hay necesidad es lo que menos te planteas. Más de una vez tuve que cerrar los ojos para trazar en mi mente rectas y arcos de dibujo técnico.

Sin embargo, era llegar a Granada y dejarlo todo atrás. Nunca toqué un libro estando allí. Para conseguir esto, mis semanas se volvían extasiantes: seis horas de clase diarias más aproximadamente cuatro de estudio por la tarde y clases particulares dos veces por semana. Había días en los que terminaba de cenar y regresaba a la biblioteca hasta la hora de dormir.

No podía bajar el listón. Nadie podía notar el más mínimo cambio. Y lo cierto es que no pudo ir mejor. No sólo mantuve mis notas, sino que las mejoré. Supongo que las horas de autobús surtieron efecto.

Hace poco tuve un profesor deleznable que un día dijo algo muy sensato. Tras dar diversos porcentajes sobre la capacidad de memorización según el método que se empleara, dijo que si nos implicábamos sentimentalmente con algo, retendríamos el noventa y cinco por ciento de la información. Estoy seguro de que esto se puede extrapolar a muchos otros campos.

Ahora que lo pienso, tuve un nueve con cinco en selectividad. Es realmente curioso, es la primera vez que reparo en ello.




Dibujo. Estación de Principe Pio.
Madrid 10.09.08

sábado, 30 de agosto de 2008

Inmersión II



Seguir hablando a partir de aquí supone abrir un pequeño corte en mi piel, puede que a la altura del pecho, para que dejar que el mundo mire. Y no es nada sencillo.

Granada era esa ciudad. Sólo con recordar su nombre me vienen imágenes sin descanso a la retina. Me enamoré de Granada casi al mismo tiempo que de él; puede que a través de él.

Lo que comenzó siendo un pepinillo a distancia al que yo prestaba atención escasa, comenzó a actuar de manera extraña; diferente a la de un pepinillo común. O mi olfato se había malacostumbrado o había dejado de oler tanto a vinagre. Hay pepinillos que te dejan ese sabor aparentemente dulzón y de acidez anestésica. Este chico no precisaba de líquidos amargos para desplazarme a otros lugares. Definitivamente, había salido del tarro de cristal y se inclinaba por fermentar al amor.

Yo, que soy algo irreflexivo a veces, me fui a verle en compañía de un gran amigo que tenía entonces. La primera vez que le vi fue la más rara del mundo. La comodidad no era precisamente lo que flotaba en el ambiente. Yo fingía la tranquilidad que me caracteriza habitualmente y que confieso acostumbro a fingir en situaciones como esa. Él no ocultaba nada; su cara era todo un poema y su inseguridad, deliciosa.

Si un chef parisino (de estos que tienen el bigote en espiral y acento remilgado) tuviera que escoger los mejores ingredientes para una historia ficticia de amor, tomaría muchos de los factores que nos rodeaban. Suena realmente "ñoño", pero es que ocurrió así.

La primera vez que me quedé a solas con él. Su olor, su piel bronceada, lo bonito y acogedor que hacía todo en torno a si... Y lo que yo pude llorar cuando terminó aquel fin de semana de verano al que la casa de mi amigo en la playa le proporcionó el consentimiento paterno.

La llegada al hogar fue electrizante. Después de cinco horas viajando en autobús alguien me vertió un jarro de agua fría sobre la cabeza y pude mirar atrás. Me había ido de casa sin consentirlo papá y mamá, que ahora miraban la tele de domingo noche sentados tranquilamente en el sofá. Había arrastrado conmigo a mi amigo y allí estaba yo, con diecisiete recién cumplidos, contestando a las preguntas de "¿que tal el fin de semana?" con un "bien, tranquilo, en la playa como siempre" y convertido en todo un prófugo enamorado.

Un sinvergüenza, lo que yo os diga.



Dibujo. "La ortogonalidad no existe"
Calles de Alicante. 24-08-08

viernes, 29 de agosto de 2008

Inmersión I


Hoy voy a hacer una confesión especial.

La primero de todo es admitir que estoy algo emocionado ante la idea de contarlo. Lo segundo es que soy un caradura, un granuja, un embustero y un bobo romanticón. Puede que esto se lleve en los genes, pero viendo a mi padre me permito el lujo de dudarlo.

No se ni por dónde empezar. Nací en Cartagena; no vayan. Cartagena es una ciudad pequeña o un pueblo grande, según se mire. Es una ciudad pequeña en infraestructuras, con la suficiente oferta sociocultural y educativa para considerarla como tal y haberme permitido crecer en un ambiente donde la creatividad y libertad de expresión no fueran mermadas en gran medida. Es un pueblo grande porque tiene habitantes de mente pequeña. Esto puede o no tener ventajas sobre el haber nacido en una ciudad mayor.

Todo se remonta tres o cuatro años atrás; creo que tenía quince o dieciséis. El inicio de mi perdición fue descubrir lo que realmente me gustaba. La perdición continuaba al ser consciente de que aquello, por ser tan bueno, debía estar prohibido. Los inconvenientes, que la distancia iba más allá de la otra acera. La bendición, comprobar que papá y mamá confiaban en mi más de lo debido.

Es fácil prever lo que ocurrió.

En mi defensa alegaré que toda la culpa la tuvo internet. Pero, seamos francos, internet sólo fue una primera piedra, un primer clavo en el metal de los raíles que me llevarían lejos.

Niño bien, notas excepcionales y expediente impoluto; por no presumir de carita de ángel. Este ha sido siempre mi mejor pasaporte. Nada me ha permitido nunca viajar más lejos.

Recuerdo haber pasado tres años de mi vida sometido a las expectativas que me creaba una pantalla de ordenador. Tres años asomado a una ventana oscura y muy desordenada, donde encontrar una pieza que encajara era como buscar una aguja entre cientos de ellas; un lugar donde cada uno sólo muestra aquello que quiere mostrar.

Internet en ese momento era la bombona de oxígeno más poderosa; la única que me aportaba un poco de aire entre tanta agua salada. Escondido, siempre, y con miedo a que estallara. Nunca voy a olvidar aquel rincón de mi habitación.

En ese momento yo ni si quiera sabía qué era un pepinillo. Era un bobo romanticón en bruto y con todo por aprender (¡no hay situación más peligrosa!).

Dos de estos años los ocuparon inagotables dramas a distancia con algún que otro viaje intermitente a Madrid, avalados ante papá y mamá por la visita a un incierto número de amigos de cursos de idiomas de verano en el extranjero. Además podía quedarme en casa de un familiar que ahora ya sabe por qué regresé a las diez de la mañana del día siguiente al que salí en aquella ocasión. Madrid era mucho Madrid para un niño de dieciséis como yo.

Estos viajes eran el oasis del nómada en el desierto. Pero como buen nómada sólo lo visitaba una vez, tal vez dos, en grandes períodos de tiempo. Esto era lo que daba de sí toda la credibilidad de papá, mamá y cualquier persona de mediana inteligencia ante la que no se quisiera levantar sospecha alguna.

Tiempo adelante ocurrió lo inesperado: el hallazgo certero de una aguja entre agujas; una de punta especial. Fue en ese momento cuando el nómada pasó a asentarse lentamente y a convertirse en asiduo visitante de una pequeña y grandiosa ciudad.

Es aquí donde comienza nuestra historia.


Dibujo. Tarde de autodefinidos y otras cosas en la playa.
La Manga, playa del Pedruchillo. 10-08-08