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viernes, 31 de octubre de 2008

Neonato







Hoy,  la vida me sonríe.

Acabo de oír el golpe seco y contundente de la puerta del coche, que se mezcla con el vibrar y el eco del tráfico madrileño, al tiempo que noto el aire frío y enérgico de la mañana mientras pienso: si fuera mujer...

Si fuera mujer, en este momento hundiría fuerte el tacón con paso amplio y firme y agitaría mi rubia melena al viento. Con esa prepotencia y soberbia digna que impregna a algunas mujeres. Porque no habría mujer que se sintiera tan vivo y tan hombre como yo en ese momento.

Y aquí sigo, taconeando con mi suela plana y agitando mi rubia melena morena que no precisa de plancha o secador; camino de clase, luciendo modelo ante las divinidades varias, masculinas todas ellas, que habitan mi escuela reivindicando la vanguardia de su estilo en todo momento.

Tacón, punta, tacón, punta, tacón...

Resulta difícil de explicar porque no todos los días se vuelve a nacer. Sin duda es una experiencia peligrosa, algo lenta para lo que se sufre y desde luego arriesgada. Pero una vez que te retiran la placenta y respiras, ya nada te puede separar del aire que hincha tus pulmones.

Las últimas semanas las había pasado viviendo del recuerdo del vientre materno. Sufriendo y lamentándome de no poder volver a él; a la protección y confianza despreocupada que te proporciona; al infinito calor y amor de su interior. Por suerte ya no depende de mi el regresar. 

Cuando un vínculo tan fuerte se rompe no hay forma alguna de cuantificar los daños, ni medida de tiempo con la que predecir cuándo volverá a su cauce. Puede que no lo haga nunca; y de volver, jamás tomaría el mismo camino.

Aquí estoy yo. Hombre o mujer, ahora es lo mismo. Recién destetado, con el celo de mamá tras la nuca y con la sonrisa interior y granuja del niño que redescubre por vez primera su libertad.

Ahora mi respiración se convierte en bocanadas de aire, una energía que desconozco me invade; ya no recuerdo como era tener sueño, ni cuánto me pesaban los párpados. Ya no recuerdo la sombra que se avecinaba sobre mis ojos a cada pestañeo, la que se volvía más lenta cada día, y me cuestionaba cuánto peor sería lo que vería segundos después. Ya no recuerdo nada que no merezca recordar. 

De vuelta a mi escuela, noto cómo me miran y miro.  Si alguien puede presumir, ese soy yo. Neonato, orgulloso y dispuesto a cuestionarle a cualquiera cuánto mejor ha sido su noche anterior.


Dibujo. "Llegué a Madrid en un barco"
Madrid 09.10.2008

domingo, 5 de octubre de 2008

Entre tantos ruidos


Vivo en un colegio mayor que vibra.  Vibra y vibra y vibra casi por sí solo, aunque eso no pueda llegar a ocurrir.

Vibran los suelos, las paredes; vibran las voces que lo empapan, las puertas que se cierran de golpe; vibran las pisadas; vibran los latidos de las decenas de colegiales que lo hacen vibrar.

Vibran las paredes movidas por las camas que vibran por las voces y los gemidos que les hacen vibrar. Porque esa energía que alberga todo lo que nos mueve por instinto, a todas las reacciones carnales, sentimentales y humanas que enraízan en lo hondo de nuestra animalidad, les hace vibrar.

Al igual que las sábanas se inundan en sudor y ocurre que la adrenalina recorre cientos de vasos, la sangre aflora y nos satura la cara; las arterias se dilatan y quieren salir de su lugar.

El sonido mudo del tacto de la piel a su fricción; el huir del cabello como hebras sedosas entre los dedos, que enrigidecen y lo agarran, que tiran, tensan y dañan de placer al otro. La languidez medida y húmeda con la que los labios recorren la piel desnuda. El relámpago frío que asciende nuestra espalda y culmina en punta el vello; seguido del calor que lo ahoga.

El no saber dónde acabará la boca que absorve tu cuerpo torso abajo, el reprimir querer morir de placer en ella y que te lo impidan a ti en el intento. 

El placer de la inercia se hace contigo. Ya no hay marcha atrás.

Nada importa. 

No hablas. Sigues. Callas.
No hables. Sigue. Cállate_


_...




Todo es ahora calma, y nada queda por hacer, mas que arroparte en el calor contiguo a ti y no esforzarte en despertar; mas que sumirte en el silencio de la noche y descansar.



...


Es pasión. 

La misma que recorre con un eco tangible cada poro y cada superficie de este colegio. La misma que agita de noche mis paredes y las de la habitación de al lado. La que se cuela bajo las puertas de decenas de colegiales. La que se despierta a tu lado a la mañana siguiente, y te besa con un sabor amargo y dulce a un tiempo. 

La misma que de un día al siguiente se ha marchado de tu cuarto sin dejar más que un lastre de recuerdos que te persiguen. La que torna al odio antes que el sol a la lluvia en mayo. La que se mueve a placer en tu vida y sólo vuelve cuando dejas de buscarla.

Vivo en un colegio que vibra y vibra y vibra...



Dibujo. Réplica de Egon Schiele
D.A.I. I  25.09.07




sábado, 26 de julio de 2008

De amor y pepinillos




El amor y los pepinillos son dos cosas muy distintas pero íntimamente relacionadas. Lo quieras o no, ambos te alimentan. "Amor y pepinillos" es "amor y pepinillos."

¿Qué cosa cursi voy a decir yo sobre el amor? Sobre amor ya está todo redicho, es como el cine western, ya no queda casi nada por decir. Y si me atreviera a comentar algo, tendría la credibilidad de un pequeprostiadolescente malcriado...

Sin embargo, a los pepinillos los conozco algo mejor, aunque me pese decirlo. Son rígidos, redondeados, largos, turgentes, rugosos y de fractura crujiente.

Mmmm... ¡Qué ricos los pepinillos!

Su sabor avinagrado te insufla un soplo de vida. Se dilatan las pupilas, las glándulas salivan, se contonea la lengua y disfrutas liberándolos de su crujir. Ese sonido te vuelve carnicero, y asesinas uno tras otro.

Se sabe bien que el vinagre en la boca escuece, por lo que han de morir cuanto antes. Con ellos, no funciona como con el amor. No puedes recrearte con un pepinillo, porque este no es si quiera tu amigo. Los pepinillos quieren morir rápidamente, por lo que nunca te casarás con uno de ellos.  Ni ellos contigo; y mucho menos estos pepinillos modernos que corren de boca en boca hoy día por el mercado.

Todos hemos sido pepinillo alguna vez; los hay de todo tipo. Altos, bajitos, alargados, gruesos, juguetones, verrugosos, curvados, jumbo size, (...) Para todo gusto y apetencia.

Sin embargo, de lejos, todos son irremediablemente iguales. Todos verdes y apestando a vinagre; todos buscando ser devorados. Son perfectos para picar entre horas y además calman toscamente el apetito. Pero no sacian.

Quizá ahí radique su principal diferencia con el amor.




jueves, 24 de julio de 2008

Tocado y hundido

De todos ellos, no sabría con cuál quedarme.
Cada uno es apropiado en un momento de mi vida. Puede que recuerde con mejores ojos a los que encajaban mejor en dicho momento y que tenga recuerdos más turbios de otros que ahora no irían mal.

Son amores, tan distintos y tan geniales todos por ser distintos. 

En número destacan los de discoteca. ¡Pero qué nombre tan feo! "De discoteca" suena a sexo cutre de la movida. "Amores de una noche" suena un poco a golfo, a puta. En resumen son caricias, besos efímeros, casi de emergencia; sí, eso es, son una especie de amores de emergencia, fastlove.

Es curioso, en esas noches que me lanzo a la calle de caza, me pregunto si encontraré al hombre de mi vida en los sitios a los que voy. Tan criticados y tan venerados; según qué busques. 

En cualquier caso la sala Boîte está repleta de príncipes azules de jueves a domingo. Cuidado con algunos, que destiñen. Baratos. 
Pero quien dice Boîte, enumera la lista nocturna madrileña de sobra conocida.

Yo, sin embargo, tratándose de fastlovers, prefiero a los de biblioteca. Por ese estar nervioso que me arde en la cara cuando se cruzan con mi mirada. No pasa ni un minuto y se repite la escena. Es patético, pero ocurre y además es muy dulce. El rojo te invade, sonríes por dentro, dudas absurdamente sobre la situación y estás plenamente seguro de que cualquier persona externa que os viera os daría una colleja por tener tres añitos de edad. Pero es inevitable.

Este tipo de fastlove está terriblemente enraizado con las películas estadounidenses. El cine de serie b en domingos por la tarde, ha hecho mucho daño. Son tan irresistibles los universitarios; con su carrera, sus libros, su horario de estudio y demás soeces que dejo en el tintero...
Evidentemente salen tanto o más de caza nocturna que yo pero el cine nos impide verlo.

Sweety honey(s) esperando que les destapen la mirada. Un manjar intelectual que espero no se deje de cultivar nunca entre los cerebritos universitarios. Yo tengo a unos cuantos marcados con un pilotito verde en mi cabeza. A veces parece hundir la flota en lugar de un aula de estudio.

No hace mucho descubrí a uno. Uno de estos buques militares que se pierden entre los radares y la neblina bibliotecaria... ¡Por lo menos valía cuatro puntos!

A los tres días de miraditas, nos conocimos. 

Disfruté mucho, sí. 

Pero aquello terminó en un "tocado y hundido".