jueves, 10 de septiembre de 2009

viernes, 22 de mayo de 2009

Julius





La otra noche, que es esta misma, caían gotas enormes de agua del cielo. Golpeaban los cristales y bajaban rápidamente hacia el suelo. La recepción de este y de otros muchos colegios estaba cerrada porque el conserje acostumbra a masturbarse entre las dos y las tres de la mañana, cuando piensa que ya apenas hay nadie despierto.


Con suerte ha conseguido cinco minutos de ansiosa tranquilidad, sin la molestia de ningún colegial insomne, y ha ojeado furtivamente escasos segundos de pornografía del canal de pago. Son pocos pero suficientes para no tener que echar mano de recuerdos oxidados y manoseados. Los viernes noche son especiales, la revista de programación anuncia rubias y europeas.


Mientras, espero fuera, bajo la lluvia, a la vez que pienso en el sudor frío que debe estar cayendo por su frente; en el arrebato del subeybaja de su mano, en las venas marcadas de su sien, y en su frente despejada que llega casi a la nuca.


Debe encontrar el alivio de su aburrimiento nocturno y el desahogo de su vida de casado, puede que también se libere de su rutina con algo que no ha dejado de hacer desde los trece o quince años. Es eso: vuelve a tener trece o quince años.


Todo resulta perfecto mientras cierra los ojos y mira fijamente al foco de luz sobre el water del baño del sótano, disfrutando del halo rojo de resplandor que se cuela a través del párpado. Entretanto se deja llevar por su imaginación. Fuera, el ruido del agua golpeando agresivamente el suelo se vuelve ensordecedor.


Es un hombre curioso, tiene mujer, un hijo con cierta deficiencia mental y un canario que trae a veces al trabajo. Se que no es suyo, sino del director, y que lo cuidan mientras está de viaje. Pero me gusta pensar que es suyo y que lo trae de casa. Me parece gracioso tenerle tanto apego a algo que pesa y vive tan poco como para no abandonarlo en casa.


Se sentirá solo piando- debe pensar.


Es un hombre humilde y bueno. De lo más humano que he visto en mucho tiempo.



Dibujo a boli BIC. Juan Francisco Casas

2007



viernes, 8 de mayo de 2009

Reeditar la realidad





Inventar historias y relatarlas como acontecimientos sucedidos es casi tan difícil como imposible. Al menos creo que es terriblemente complicado contarlas como hechos verosímiles y acotados con precisión, de manera que podamos ponerle cara exacta a Caperucita o conocer los detalles concretos del taparrabos de Tarzán.


Elaborar cuentos con cierta imaginación no deja de ser una labor apasionante. Sin embargo siempre encontraré en ellos algo de inverosímil, no por alejarse de lo factible y humanamente posible sino por no proceder de lo complejo, de lo real.


Posiblemente sea de lo real de donde descienden las historias más conocidas, de mayor calidad narrativa y en apariencia inventadas; sustituyendo unos personajes verídicos por otros ficticios y sazonando con fantasía en tanto que lo admita la historia.


En verdad, esto de escribir es bien complejo cuando uno parte de cero. Nada parte de cero. Ni los proyectos. Ni las relaciones. Ni siquiera la vida humana. Siempre hay un material preexistente que sigue a rajatabla un caos ordenado, una serie de leyes de inimaginable comprensión que nos hace ser únicos.


En el vacío interior ocurre lo mismo que en los programas de diseño tridimensional: todos es homogéneo y perfecto; todo está vacío.


Probablemente cuando conociste la otra tarde al chico que te acompaña siempre en clase pisabas de forma distinta el suelo e inhalabas con menor preocupación el aire contaminado de la piaggio negra azabache que acababa de pasar a vuestro lado y atendía al verde del semáforo en el cruce de la Gran Vía con Alcalá.


Ni si quiera notaste cómo la colilla de la chica del peto vaquero te rozaba la camisa, la noche del nueve, mientras le ponías ojitos al camarero de bar de maricas que tiene las cervezas a cero cincuenta. Incluso tu propio nacimiento está ligado a tantos silogismos que resultaría imposible recopilarlos todos, y remota la posibilidad de que se repitieran todos tal y como lo han hecho. La realidad es caprichosa, siempre distinta, rica y particularizada para cada caso; nunca se olvida de nadie.


Por eso es tan útil aprender a manejar la información como un material propositivo y el ser hábiles conociendo nuestros intereses para poder escoger dicha información.


Tratar de acotar la realidad es tan sencillo como describir lo que vemos de una u otra manera. Hacer mensurable y visible aquellas condiciones que nos interesan sobre ciertos hechos; casi como hacer un mapeo con curvas de nivel o una carta solar.


Basta con tomar las herramientas adecuadas para mostrar sólo aquello que queremos que vean los demás.



Fotograma de la película "Hard Candy"

martes, 5 de mayo de 2009

Todo sobre mi padre




Cuando conocí a mi padre ya era demasiado tarde para dar marcha atrás. Era inevitable admitir que era su hijo al igual que era inviable el volver por el camino que había venido; en todo momento me negué a entrar de nuevo en su uretra.


Mi padre es un hombre de vida ejemplar y sanas costumbres; heterosexual y noble; Capricornio.


Inteligente, sin dudarlo, tuvo olfato para abrirse camino donde no parecía haberlo. Pudo huir a tiempo del cortejo de una hembra sagaz, ahora panadera del pueblo donde vivía, y afortunadamente conoció a mi madre. A partir de ese momento no se distinguir en qué punto culmina el olfato de mi padre para dar pie al desarrollado instinto revelador que toda madre, y la mia en concreto, posee.


La vida en un pequeño pueblo nos plantea serias preguntas. Si le damos a un hombre la capacidad de trabajo y el espacio-tiempo necesario para desarrollar su vida con la condición de no hacer más preguntas, ¿qué ocurriría?


Que indudablemente estaríamos hablando de mi padre. Un hombre respetado, sin ambiciones ni inquietudes artísticas. Un hombre a quien le gustaría tomar algo más de azúcar de la que ya toma y poder dormir de un tirón toda la noche sin tener que orinar entre las cinco y las seis de la mañana diariamente.


Juan se levanta día a día en torno a las siete. Café, prensa digital, un pequeño paseo por el jardín de gres porcelánico y arbustivas, y un austero, pero lleno de cariño, saludo matutino a la pequeña maltés que convive con ellos. Más tarde se dispone a marchar al trabajo, siempre acompañado de su mujer, quien le hace esperar cinco minutos más de lo que un humano soportaría. Nada me inquieta tanto como lo que pueda pasar por la cabeza de mi padre, que por sencillo, ha de ser extremadamente complejo.


Ni muy delgado y para nada obeso, Juan posee un punto medio equilibrado como herencia de sus años de entrenamiento en la Marina. Un rango elevado y en excedencia dado el declive del servicio militar del país en el que vivimos.


Juan disfruta del golf algunos fines de semana, aunque no es en absoluto su pasión. Si preguntáramos a alguien que cree conocerle, nos diría: "Los barcos. Los barcos y navegar es su pasión." Sin embargo, no hay nadie tan cercano como quien ha salido por su uretra para negaros esto y aseguraros que su verdadera pasión no son ni por asomo los barcos, ni la travesía en alta mar, sino su mujer.


Hace años me cuestionaba cómo dos personas como mis padres seguían casados. Ahora se que no podía ver más allá de lo que ve un niño de ocho años. Mis padres son una conjunción binomial perfecta. Dos términos opuestos que en suma funcionan como conjunción.


Si mi padre no perdiera la cabeza por su mujer, ya estaría Pacífico adentro con cualquier otra, panadera o no, en un Bavaria 50.


Juan disfruta de la navegación porque le acompaña su mujer. Al igual que treinta años en el mismo oficio le son como unas vacaciones en aguas de Ibiza; porque le acompaña Loli, su mujer.


Por tanto, si buscamos en la RAE, queda definido como "Juan" todo aquel hombre que siendo Capricornio, heterosexual y navegante no es sino en compañía de su mujer.


Loli, en cambio, tiene espíritu de arquitecto. Siempre replanteando y dando un nuevo punto de vista a las cosas, a pesar de ser mujer de claras costumbres y con afán de inmortalidad. Te negará rotundamente que está cansada si ello supone poner en tela de juicio su espíritu jovial, que por supuesto posee.


Al teclear "Loli" en Google aparecerá la referencia de la mujer en quien puso el ojo mi padre tras deshacerse de inoportunas avenencias.


Loli era demasiado joven y Juan lo sabía ,pero ambos decidieron no esperar. Mi madre se convirtió en algún momento en la Osa Mayor que indica el rumbo a todo navegante. Y juntos han levantado, a mi parecer, un imperio. Familia, perros, barco y un maravilloso hogar.


Entre los que conocen bien a mi madre, me encuentro yo. Sería capaz de ponerle voz en off a un capítulo de su vida y hablar por ella en todo momento. Si algo sabe Loli es que su marido le quiere de sobremanera. No se lo dice, ni ella a él, pero forma parte de un código secreto no escrito en mi casa. De no ser así, Loli no se permitiría ciertas excentricidades que sabe que no comparte con su marido.


Al igual que no se reprime si un día tiene que dejar fluir su mal humor, Juan tampoco reprime sus ventosidades en el salón. Y esto para mi es garantía de toda tranquilidad porque nada me hace estar tan seguro de que ambos se quieren.

miércoles, 8 de abril de 2009





















Leo en tus ojos verdes que tienes ganas de vivir, que no entiendes de inflaciones ni altos precios, que ves que hay amor en el verde, y que en el verde hay amor. Es sistemático.


Dicen que en las facciones de la cara se configuran los rasgos que predominan en cada uno. Me da igual creerlo o no, pero se que por eso abres los ojos, y dejas que la luz nos llegue con la longitud de la onda verde. Yo se que es por eso por lo que hay personas con la boca muy pequeña, con apenas labios; con los ojos sobrecogidamente cerrados e incluso con unos pabellones auditivos bárbaros.


Se que con mirar una foto de carnet podremos conocer mucho y nada de quien aparece en ella, tan solo por cuestión de tamaños y proporciones, de aperturas y de maneras de proyectar al exterior. Somos una jodida mezcla con patas, una amalgama genética plásticamente modificada con cada día que pasa, con cualquier mínimo pensamiento en que creemos. Será que somos filtros de aires que nos llegan. Será que estamos vivos y que como la vida y la podredumbre, estamos constantemente en movimiento. Será que no hay más vida en la vida que en un cadáver que se descompone.


Será que no es vida eso a lo que llamamos vivir, será que hay energía, sera que hay amor, que la energía es amor, que no hay amor, pero si energía, que hay inflación, será que no se qué significa inflación.


Por eso hay gente con la boca pequeña; gente que enmudece y prefiere escuchar; hay ojos diminutos, porque no quieren ir más allá de si, al exterior. Por eso hay quien tiene orejas que no se pliegan para no perder ni un fragmento de tu voz. Por eso hay frentes doblemente arrugadas, y señoras que, de tanto apretar, convierten sus labios en un haz de pliegues.


Sin embargo tú no tienes la boca pequeña, ni los labios, ni arrugas en la frente y creo recordar tus orejas con un tamaño razonable. Ni siquiera tienes unos ojos sobrecogidamente pequeños.


Los tuyos son grandes. Son verdes y reflejan la luz de la onda verde. Será que lo tuyo es mirar al exterior.

sábado, 14 de marzo de 2009

Inmersión IV





Han pasado tres años y me encuentro justo ahora en la habitación del colegio mayor en la que vivo; sentado a la mesa, con el portátil alejado de mi y sin otro ruido que el que escapa del bolígrafo a su viajar por el papel y algún otro que se adentra del pasillo a mi espacio bajo la puerta. Es un momento único que quedará aquí; al igual que el tiempo que emplees leyendo frente a la pantalla.

No hay mejor día que hoy para acabar con esta historia, que no acaba en tanto que respiro, y soy consciente de ello. Tuvimos todo lo intenso de una relación tormentosa, todo lo que arrastra el río y acumula en su cauce formando pequeños tamices que serían más tarde diques y presas. Todo lo que satura las arterias y constriñe su fluir.

Terminé flotando cara al fondo, y con el cuerpo plegado en una curva que descendía desde los pulmones al ultimo punto de cada dedo de mis pies y manos, próximo al rigor mortis al que llega todo cadaver tras unas horas. Me recogieron a las orillas de un mar entre Granada y mi casa para practicarme una reanimación lenta, pausada e intensa. Al ritmo similar del tejer de una manta de lana en invierno.

Lo que juntos vivimos sabemos que no cambiará, como no cambian en años las grandes montañas. Eres un hito en la orografía de mi vida. Formas parte de amorypepinillos. Formas parte de mi. Volver atrás es ficción como la ficción de recordar selectivamente sólo los buenos momentos. Soñar es gratis y dijo un maestro que "los sueños, sueños son".

Vivo en Madrid desde hace un año y medio. Tuve un primer año productivo ajetreado y tormentoso, que, sin dudarlo, ha marcado definitivamente a este segundo. Estudio arquitectura y a día de hoy creo tener algunas cosas más claras de lo que esperaba. Te aparté de mi vida porque supe que nada cambiaría, como no cambian en años las grandes montañas. Llevo tanto tiempo desconcertado y asustado que me es extraño que se disipe por un segundo algo de niebla.

Hoy, se que respiro y soy feliz.

¿Tú qué sabes hoy?





Fotografía. "Arenal"
Elena Ortiz

jueves, 26 de febrero de 2009

La noche del nueve...


La noche del nueve se reiniciaba el ritual. Fue como bailar en torno al fuego por primera vez; bajo un manto de estrellas que se configuraban en el techo prefabricado de la estación de metro, al tiempo que miraba al infinito del punto de fuga, escaleras abajo, viendo que subías y reconociéndote por primera vez.


Cuando me encuentro con alguien que he conocido mágicamente antes (internet) siempre actúo de una misma manera, o al menos eso creo. Primero me excito, pero nada de tensiones y fuerzas a compresión bajo mi pantalón, sólo es ánimo emocional, todo inofensivo y bonachón, como el perrito que mueve la cola cuando ve que su amo agita las llaves y coge su correa para ir a pasear. Una dosis de adrenalina muy depurada y directa al sistema nervioso, recibida gratamente por el córtex.


Lo que sucede en las horas siguientes es la más pura obra de teatro en la que ambos jugamos a ser nosotros, y no somos de otra forma que como nosotros mismos pensamos que somos. Porque tu auténtico yo lleva horas borracho de contento y nervioso junto con el otro , también tránsfugo; como si se tratara de una preparty en la que la coca, y el LSD son sólo disfrutados por quienes nos observan y saben que el verdadero placer, el no sintético y sí orgánico, vendrá después.


Son horas de trabajo agotador, que de forma sutil se inician en el desligamiento del yo, como una curva asintótica que viene desde el menos infinito, casi ligada pero nunca unida a este, y se convierte ahora en una curva completamente alejada del eje instintivo al que determinamos en primera persona.

Como dije, casi siempre ocurre de la misma forma. Alcanzamos un máximo absoluto que se materializa en alguna que otra carcajada furtiva y seguro que forzada por parte de ambos, y en otros relativos, que quedan en miradas y sonrisas patéticamente cómplices. Poco a poco el organismo vuelve a tender al límite asintótico de su estado normal, momento en que dejamos de estar definidos para todo intervalo que no se encuentre entre las sabanas y tu cuerpo.


Y aquí nos reconocemos. Un beso no es un beso, es un "hola, este soy yo, esto soy yo, y estoy aquí. Te beso porque yo beso así y quiero hacértelo saber". Por eso siempre besamos sin lengua antes, porque las presentaciones se hacen por partes; hay una jerarquía. Al igual que no presentarías a tu familia empezando por tu primito recién nacido o por el menor de los nietos, sino por los cabezas de familia. Los labios, van primero.


Sin embargo besar con lengua no es ya una presentación, es una osadía, es algo así como un "esto que notas es mi lengua. Y sí, está mojada y me atrevo a introducirla en tu boca porque quiero tocar también la tuya. Atrévete" De alguna forma es el inicio de toda perdición, es una desnudez a la que se llegará de forma paulatina, y arriesgando siempre por parte de uno y otro. Las manos, son los ojos, y palpar es un pestañeo. Las caricias, son vistazos generales y los masajes, una lectura profunda.


De alguna forma siempre habrá condiciones que estén asociadas al material del que estamos hechos; que son inherentes al cuerpo, a su forma y su geografía. Además llevamos de serie un código socioestructural que ha permeado nuestra mente durante años. La tuya, la mía y la de todos. Igual que asociamos formas con tamaños y usos, desciframos de la fisionomía humana, qué pasará entre nosotros esta noche. SIn duda esto no son más que elucubraciones basadas en estereotipos que nada o todo tendrán que ver con lo que encontremos auténticamente después.


Así, que el chaval esté tremendo, no significará que solo quiere un polvo hasta el momento en que te diga "ha sido un placer, ya repetiremos" al tiempo en que tú aun te estas vistiendo y el ya ha salido del todo por la puerta y anda ya casi perdido en el punto impropio del pasillo. Para ese momento miras atrás, compruebas que ni siquiera tienes su teléfono y te quedas anclado al estereotipo del que hablábamos. Estás cansado y sonríes. Sabes que no te podía pasar nada mejor, porque al fin y al cabo, lo esperabas.

jueves, 5 de febrero de 2009

Sarna


Los ácaros encontraron la forma idónea de penetrar en mi piel. Disfrazados de caricias y abrazos, no tuve ojos para distinguirlos y mi debilidad no puso esfuerzo alguno en detenerlos.

Poco a poco fueron invadiendo la dermis, aprovechando cada poro y anidando en cada folículo que devoraban, como diminutas bestias que escapan a la percepción de la escala humana. Excavaron grutas y vías subterráneas, catacumbas; sistemas de bóvedas y arquerías de una perfección sólo conocida en Roma. Sin oponerme, hicieron de mí un panteón y un coliseo; una superposición de polis que dejaban a la vista la retícula hipodámica que llegaba a mi esqueleto.

Acabaron con el corazón y los pulmones. Sin aire y sin latir, perdí el espíritu. Pronto me vi en la literalidad de no tener agallas para enfrentarme a ello. Pero los observaba. Quieto.

Dejé pasar los meses y ya apenas quedaba tejido; algunos resquicios adheridos a un cúmulo de huesos ligados por tendones roídos y bañados por venas y nervios carcomidos. Perdí la vista al exterior y sólo me quedaron oídos para mi propia voz. Perdí el interés por las personas mientras me limitaba a contemplar mi deterioro sin intención de ponerle freno.

Momificado y entregado a la autocompasión como si de una religión se tratara me miré al espejo y pude ver cómo mi piel lucía perfecta, igual que el primer día, sin manchas ni surcos; sin cartílagos rasgados y con ambos cristalinos intactos; con todo lujo de cejas y pestañas en la cara.

Mi piel está limpia, sin rastro de ácaros ni huella de estos a su paso. Se que no es animal lo que me ataca y por primera vez concibo el miedo como al ser más pequeño e imperceptible. Mi piel sigue limpia, aunque rezume miedo cada poro.

Es ahora el momento de pedir ayuda a los que saben. Son humanistas y curan. Terminan con todo dique o presa que encuentran a su paso. Hacen fluir lo constreñido por los hombres en lo hondo.

Con sólo mencionarles ya me siento mejor.



Dibujo. "More Mika and less Obama"
Cartagena 27-01-2009

sábado, 17 de enero de 2009

Distantes y fugaces






Adoro los viajes.
Adoro los viajes en cajas.

[En cajas calientes que conectan dos puntos distantes]

Somos seres calientes.
Pequeñas bolsas de plasma

[que al infrarrojo revelan un secreto bien escondido]

Somos fluidos de vasos y venas

[que en el sonido distinguen un "tic-tac" que les riega]

Somos seres calientes.
Que se calientan,

[que ingieren y filtran sustancias que queman]

Viajamos en cajas.

[En cajas calientes]


[...]


Las cajas
tienen vaho.
El vaho es calor.
Somos calor.

[Somos vaho]

Damos calor al otro.
El otro nos da calor.
Los besos son calor.

[Nos besamos]

El vaho es calor.
Los besos son vaho.

Las cajas calientes
viajan repletas de vaho.

No lo recibes,
pero sin duda lo buscas.

Las cajas calientes viajan
repletas de besos que buscan besos.

Fuera no hay calor
tampoco hay vaho
ni besos.

Yo no quiero estar fuera.

Por eso viajo en una caja
que está caliente
y tiene vaho;

[que busca besos]

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Re-set







"Yo soy, yo conozco, yo quiero. Soy en cuanto sé y quiero; sé que soy y quiero; quiero ser y saber"


"Confesiones"
San Agustin


No hay mejor forma de empezar que mirar firmemente a los ojos con los ojos. Ni mayor conexión que tan rápidamente pueda hacerte saber qué busca en ti el otro. 
No precisamos de indentidades cuando hay ojos que ven y miran y miradas que hablan por si solas.
Es instintivo, nada racional y todo humano.


Ojitos de Rocío


lunes, 8 de diciembre de 2008

Lo que nunca te contaron





Para describirla voy a necesitar a algo más que palabras porque describir a alguien tan complejo y sencillo a un tiempo lo requiere. Seguramente lograríamos entender cómo es, a mi forma de ver, mediante un fragmento que ni si quiera la mencione. Algo así como hablar del contenido sin hacer referencia al contenedor; porque si de algo estoy seguro es que estamos hablando de un enorme contenedor de cosas, de infinidad de ellas. Y cuánto me gusta que sea así.


______


Aquel día en que Astrud Gilberto se levantó en la mañana, se dirigió primero a tomar una ducha tranquila; le gustaba tomarse con calma el despertar. Tras el desayuno, no lo puede evitar y cae un vasito de refresco de cola sin azúcar. Ya en el escritorio lee su correo. Buenas noticias. Su amigo el señor Drexler  está preparando un nuevo trabajo. Jorge canta y escribe entre otras cosas. se conocieron hace años cuando ambos tomaban clases de canto de unos mismos profesores. 

Astrud tenía buenos amigos, no en exceso, pero amigos reales. Se reunía con ellos cada viernes. Nunca tenían un sitio fijo ni un propósito estable. Incluso en ocasiones no quedaban los viernes porque casi ningún viernes parecía viernes por motivos de trabajo. De esta forma quedaban cuando podían bajo la condición de llamar viernes al día en que se reunían para cargarlo con todas las connotaciones positivas que implica ese nombre.

Unos días en el sushi bar, otros en un café o incluso en la azotea de algún hotel de la capital. La última vez que estuvieron juntos llevaron a cabo su particular ruta por las salas de exposiciones de arte de la ciudad. Les gustaba estar al tanto de lo que se movía en las mentes de otros que, como ellos, hacían de su vida un proceso de investigación y creación.

Siempre tenían proyectos extralaborales en mente, pero la escasez de tiempo les dificultaba su puesta en marcha. De alguna forma todos sabían que llegaría el momento para ello. Estaban siendo meses intensos de trabajo. La más joven de ellos era Lourdes aunque todos la llamaban Russian. La pobre había tenido noches enteras de pesadillas que nada tenían que ver con la dulzura y la delicadeza que la caracterizaban. 

Con sangre y sexo -dijo- sexo del duro.

Le aterrorizaba más la idea de soñar con ese género que el sueño en si. La miraban algo sorprendidos, quizá preguntándose el origen de su rareza, pero es que nadie en esas reuniones era normal en términos convencionales. Russian tenía predilección por los libros; los devoraba. Además coleccionaba series de fotos que encontraba. La que más polémica suscitó fue la de peluches asesinos, en concreto una foto de unos conejitos con sangre en la boca. Muy divertida.

Los hermanos Hidrogenesse, eran los menos cuerdos de todos. Siempre pedían lo mismo: café solo, en verano con hielo, y siempre cargadito; la cafeína les daba la vida, al igual que los chicles de menta tras el almuerzo. Quizá fueran la nota neurótica y algo bipolar de todos ellos, pero eran imprescindibles en sus reuniones. Nada les divertía tanto como dejar volar su imaginación, especialmente los días de agotamiento mental, donde no había trabas para su lengua e ingenio.

Todos echaban de menos a Facto, que ya no residía en la capital, aunque mantenían el contacto gracias a Kahlo, quien no dejaba de actualizarles en el panorama musical.

Sin duda eran un grupo de amigos peculiar. Todos distintos pero de alguna forma compatibles. Como los elementos de un único aparato al que dan vida cuando están ensamblados. Nunca eran un número fijo, ni si quiera limitado ya que iban sumándose conforme se conocían. Y todos encajaban; todos atravesaban el mismo tamiz hasta llegar al mismo punto de filtrado. Así sabían que estaban hechos los unos para los otros, por lo que estar juntos debía ser maravilloso y no dejarían de reunirse.


Aquella tarde de febrero era un viernes de los que no lo parecían, por lo que no se habían reunido en torno a ningún café. Ni si quiera lo tenían previsto y, sin embargo, todos iban llegando poco a poco a la misma habitación del hospital. Se respiraba una atmósfera cálida y anestesiada; la que sucede a un intenso dolor. Al fondo, dos antiguos amigos a los que hacía tiempo que no veían. Algo en sus vidas cambió meses atrás. Los recién llegados advirtieron que ya no vestían igual. Su indumentaria hippie tardía y su aire rockero despreocupado estaba lejos de ser como era.

La mujer acunaba a su niña, recién nacida, en su regazo. El padre, perdía la vista en la fragilidad infinita que impregnaba a la criaturita. Astrud, Jorge y Russian le acompañaban. Hacía mucho que no se veían pues el embarazo había cambiado sus planes de vida por completo. Tuvieron que dejar atrás mucho de lo que hacían, incluidas esas reuniones; sabían que tener a Laura les exigiría cierta estabilidad. Cambiaron las raves y las telas de estampados coloridos por un hogar y un empleo estable. 

El padre les presentó a su nuevo tesoro. Pasados unos instantes se hizo un silencio que los hermanos Hidrogenesse rompieron al llegar. Tan pronto como entraron, sometieron su locura a la concentración y silencio de la habitación, que dejaba ver las arrugas de la piel, todavía violácea, de la pequeña, bajo una luz atenuada.

Pasarón largos minutos de silencio y observación. Todos miraban incrédulos aquel diminuto ser arropado por un pijama rosa palo y gris. Ella dormía apenas sin moverse, dueña de una quietud que sólo tiene quien acaba de nacer, aunque a ella le acompañaría toda la vida.





Lo que hasta ahora vivimos juntos... -dijo el padre

Tendrá que quedar entre nosotros - añadió en un susurro la madre, tratando de no despertar a la criatura.
Al menos hasta que crezca - terminó.

Todos asintieron conscientes de que aquel momento era una celebración y una despedida, por un tiempo. No había disgusto ni reproche alguno porque sabían que el viento cambiante de sus vidas no era lugar para un neonato. Así, asumieron con plena madurez lo que debía ser así y no de otra forma.

Poco a poco se fueron marchando. Los hermanos Hidrogenesse lo hicieron primero, seguidos de Russian y, más tarde de Jorge, quien se ofreció a acompañar a Astrud a casa. Ella decicidió quedarse un poco más. Luego, besó a Laura en su diminuta mano y compartió una última mirada de afecto con sus padres antes de marcharse.

Sin duda sabía que tendrían que esperar.



Fotografía de Anne Geddes



jueves, 6 de noviembre de 2008

I am






Lo confieso. Soy un adicto.

Y lo peor de todo es que esto no ocurre desde hace poco, sino que me ha acompañado toda mi vida, o al menos desde que yo recuerdo.

Al principio, y conforme fui creciendo, pensaba que solo eran cosas de niños, que son más endebles, menos hombres. Y por contra de lo duros y robustos que puedan parecer los hombres, seguramente también sean capaces de sentir con esa ternura semirrígida y heterosexual que les envuelve.

Puede que parte de la culpa la tenga Disney, o eso es lo que pienso cuando le busco algo de lógica a todo esto. Tanto color, tanto sentimiento y todo tan animado entra fácil por las pupilas de cualquier imberbe; y cala hondo, claramente. Sin embargo, Disney ha compartido la infancia de tantos otros que no sufren lo que yo porque no están enganchados.

Y es que siento un mono tan fuerte a veces que me podría comparar con un heroinómano. Y me sigo preguntando por qué yo; por qué a mi. De alguna manera sentir es algo que nos ocurre a todos, aunque no sepamos a ciencia cierta la magnitud o tipología de los sentimientos ajenos; al igual que ignoramos la percepción del mundo en ojos de otros.

Soy adicto a sentir, a besar, a abrazar y a que me abracen. Me reconozco débil y blando; y duro y fuerte en otras cosas. Aparento seriedad para esconder mis miedos y finjo seguridad y autoconfianza para ocultar mi timidez en público.

Soy dependiente; de los que no les importa abrazar pero prefieren que les abracen; de los que, como todos, desayuna cereales cada mañana y si los hay, los prefiere de chocolate. Soy de los que, pasado un mes, echan de menos a su madre aunque se lo callen.

De los que a veces se saturan y gritan tapándose la boca con la almohada o se desahogan entre
risas y lágrimas con alguien cercano, terminando en ese estado de embriaguez abstemia que tan cansado me deja.

Soy uno de esos que encuentra en el chocolate y el helado un consuelo fácil, pero siempre acompañado. De los que lo dan todo si creen que algo merece la pena. De las heroínas de los comics que luego se despiertan y vuelven al mundo real.

Soy de esos que de vez en cuando piensa en quién es y adonde va, pero sabe de dónde viene. Soy tan débil y tan frágil, tan fuerte y resistente como humano. Soy honesto, en parte, o al menos lo intento ser conmigo mismo. Soy de los que dicen ser débiles para luego demostrarse que no lo eran tanto.

A veces pienso que el mundo está dividido. Que somos polares y adictos. Dependientes. Que los hay que dependen de otros y también los hay que dependen de que dependan de ellos. Ambos extremos tan carentes el uno como el otro. Tan necesarios y necesitados.

De alguna forma al nacer, al crecer, algo nos determina. Como si alguien nos esperara con un hierro candente para marcarnos. Y la cicatriz está ahí. Cuando estremeces, cuando te erizas de frío, cuando te pierdes en el calor del otro. Sólo tienes que acariciarte la nuca para que el escalofrío te recuerde qué eres.

En mi caso, se que todo esto viene de atrás, de mis carencias. Lo se, lo afirmo y lo asumo. Porque sólo así se vive bien con uno mismo.

Y me desnudo sistemáticamente aquí, sin motivo o causa aparente; quizá para mostrar que no hay porqué ser fuertes y todopoderosos, sino humanos. Con toda la belleza de la imperfección que nos caracteriza.





Imagen. Portada del proyecto "Silva Silvae"
En colaboración con Álvaro Borrajo y Laura Migueláñez. (¡Qué grandes sois!)
Madrid 20.10.08

viernes, 31 de octubre de 2008

Neonato







Hoy,  la vida me sonríe.

Acabo de oír el golpe seco y contundente de la puerta del coche, que se mezcla con el vibrar y el eco del tráfico madrileño, al tiempo que noto el aire frío y enérgico de la mañana mientras pienso: si fuera mujer...

Si fuera mujer, en este momento hundiría fuerte el tacón con paso amplio y firme y agitaría mi rubia melena al viento. Con esa prepotencia y soberbia digna que impregna a algunas mujeres. Porque no habría mujer que se sintiera tan vivo y tan hombre como yo en ese momento.

Y aquí sigo, taconeando con mi suela plana y agitando mi rubia melena morena que no precisa de plancha o secador; camino de clase, luciendo modelo ante las divinidades varias, masculinas todas ellas, que habitan mi escuela reivindicando la vanguardia de su estilo en todo momento.

Tacón, punta, tacón, punta, tacón...

Resulta difícil de explicar porque no todos los días se vuelve a nacer. Sin duda es una experiencia peligrosa, algo lenta para lo que se sufre y desde luego arriesgada. Pero una vez que te retiran la placenta y respiras, ya nada te puede separar del aire que hincha tus pulmones.

Las últimas semanas las había pasado viviendo del recuerdo del vientre materno. Sufriendo y lamentándome de no poder volver a él; a la protección y confianza despreocupada que te proporciona; al infinito calor y amor de su interior. Por suerte ya no depende de mi el regresar. 

Cuando un vínculo tan fuerte se rompe no hay forma alguna de cuantificar los daños, ni medida de tiempo con la que predecir cuándo volverá a su cauce. Puede que no lo haga nunca; y de volver, jamás tomaría el mismo camino.

Aquí estoy yo. Hombre o mujer, ahora es lo mismo. Recién destetado, con el celo de mamá tras la nuca y con la sonrisa interior y granuja del niño que redescubre por vez primera su libertad.

Ahora mi respiración se convierte en bocanadas de aire, una energía que desconozco me invade; ya no recuerdo como era tener sueño, ni cuánto me pesaban los párpados. Ya no recuerdo la sombra que se avecinaba sobre mis ojos a cada pestañeo, la que se volvía más lenta cada día, y me cuestionaba cuánto peor sería lo que vería segundos después. Ya no recuerdo nada que no merezca recordar. 

De vuelta a mi escuela, noto cómo me miran y miro.  Si alguien puede presumir, ese soy yo. Neonato, orgulloso y dispuesto a cuestionarle a cualquiera cuánto mejor ha sido su noche anterior.


Dibujo. "Llegué a Madrid en un barco"
Madrid 09.10.2008

domingo, 5 de octubre de 2008

Entre tantos ruidos


Vivo en un colegio mayor que vibra.  Vibra y vibra y vibra casi por sí solo, aunque eso no pueda llegar a ocurrir.

Vibran los suelos, las paredes; vibran las voces que lo empapan, las puertas que se cierran de golpe; vibran las pisadas; vibran los latidos de las decenas de colegiales que lo hacen vibrar.

Vibran las paredes movidas por las camas que vibran por las voces y los gemidos que les hacen vibrar. Porque esa energía que alberga todo lo que nos mueve por instinto, a todas las reacciones carnales, sentimentales y humanas que enraízan en lo hondo de nuestra animalidad, les hace vibrar.

Al igual que las sábanas se inundan en sudor y ocurre que la adrenalina recorre cientos de vasos, la sangre aflora y nos satura la cara; las arterias se dilatan y quieren salir de su lugar.

El sonido mudo del tacto de la piel a su fricción; el huir del cabello como hebras sedosas entre los dedos, que enrigidecen y lo agarran, que tiran, tensan y dañan de placer al otro. La languidez medida y húmeda con la que los labios recorren la piel desnuda. El relámpago frío que asciende nuestra espalda y culmina en punta el vello; seguido del calor que lo ahoga.

El no saber dónde acabará la boca que absorve tu cuerpo torso abajo, el reprimir querer morir de placer en ella y que te lo impidan a ti en el intento. 

El placer de la inercia se hace contigo. Ya no hay marcha atrás.

Nada importa. 

No hablas. Sigues. Callas.
No hables. Sigue. Cállate_


_...




Todo es ahora calma, y nada queda por hacer, mas que arroparte en el calor contiguo a ti y no esforzarte en despertar; mas que sumirte en el silencio de la noche y descansar.



...


Es pasión. 

La misma que recorre con un eco tangible cada poro y cada superficie de este colegio. La misma que agita de noche mis paredes y las de la habitación de al lado. La que se cuela bajo las puertas de decenas de colegiales. La que se despierta a tu lado a la mañana siguiente, y te besa con un sabor amargo y dulce a un tiempo. 

La misma que de un día al siguiente se ha marchado de tu cuarto sin dejar más que un lastre de recuerdos que te persiguen. La que torna al odio antes que el sol a la lluvia en mayo. La que se mueve a placer en tu vida y sólo vuelve cuando dejas de buscarla.

Vivo en un colegio que vibra y vibra y vibra...



Dibujo. Réplica de Egon Schiele
D.A.I. I  25.09.07